El teléfono
30 julio 2009
Puede que parezca un poco antipática pero lo cierto es que a mí, que me encanta hablar y hablar, una de las cosas que menos me gustan del mundo es hablar por teléfono. Cuando alguien me llama para contarme algo concreto, para desahogarse, para decirme un dato, preguntarme dudas, o porque resulta imposible vernos en mucho tiempo, no me importa en absoluto, puedo estar una hora sin parar. Cuando hay que hablar de temas sin trascendencia o cuando no tengo confianza con la persona que hablo... me da bastante pereza.
Una de las cosas que más rabia me da es que me llamen para preguntarme cómo estoy, me esfuerce en contestar, en dar detalles, en ser agradable y de repente me digan "te llamaba realmente para..." Prefiero que me digan "hola, te llamo para esto, ¿qué tal estás?".
Me resulta una comunicación muy forzada, artificial, en la que no puedes fiarte más que de la voz que escuchas, no hay ningún elemento extra en el que puedas apoyarte para saber cómo está la otra persona (gestos, miradas, tacto...) Puede que haga mucho tiempo que no hablas con alguien y justo el día que lo haces tienes un estado anímico que no se corresponde con el de la otra persona, y finalmente cuelgas con cierto desánimo, como si no hubieras mostrado el suficiente interés cuando no es así.
En mi antiguo trabajo el teléfono era un elemento importantísimo, muchas veces tenías que convencer a una persona desconocida para que asistiera a ciertos eventos, acciones, talleres, etc. y era necesario que además de preparar un buen mensaje, usaras un tono de voz apropiado según el interlocutor, a la vez tanquilo y convincente, sin ser pesada. Tiene miga la cosa no os creáis...
La voz es, a veces, casi la única cosa a la que puedes agarrarte para poder mantener una relación en la distancia. Y acabas instalando el Skype, gastando más de lo debido y calentándote la oreja con el móvil.
El caso es que no es de extrañar que no sea de esas personas que esté pegada al móvil las 24 horas del día, más bien lo dejo en el bolso, pongo el volumen bajito, y lo miro muy de vez en cuando. Perdonad aquellos que me habéis llamado y no os he cogido enseguida.
Sin embargo, me encanta mandar correos con fotos, escribir largos mensajes, ser paciente cuando alguien me necesita y llamar cuando hay que hacerlo. De hecho ni siquiera cuelgo a los comerciales que te llaman un domingo a las diez de la mañana o los que, tras decirles que no te interesa algo, te preguntan: "¿Puedo saber los motivos señora "tal"? Pero me cuesta, lo reconozco.
Una de las cosas que más rabia me da es que me llamen para preguntarme cómo estoy, me esfuerce en contestar, en dar detalles, en ser agradable y de repente me digan "te llamaba realmente para..." Prefiero que me digan "hola, te llamo para esto, ¿qué tal estás?".
Me resulta una comunicación muy forzada, artificial, en la que no puedes fiarte más que de la voz que escuchas, no hay ningún elemento extra en el que puedas apoyarte para saber cómo está la otra persona (gestos, miradas, tacto...) Puede que haga mucho tiempo que no hablas con alguien y justo el día que lo haces tienes un estado anímico que no se corresponde con el de la otra persona, y finalmente cuelgas con cierto desánimo, como si no hubieras mostrado el suficiente interés cuando no es así.
En mi antiguo trabajo el teléfono era un elemento importantísimo, muchas veces tenías que convencer a una persona desconocida para que asistiera a ciertos eventos, acciones, talleres, etc. y era necesario que además de preparar un buen mensaje, usaras un tono de voz apropiado según el interlocutor, a la vez tanquilo y convincente, sin ser pesada. Tiene miga la cosa no os creáis...
La voz es, a veces, casi la única cosa a la que puedes agarrarte para poder mantener una relación en la distancia. Y acabas instalando el Skype, gastando más de lo debido y calentándote la oreja con el móvil.
El caso es que no es de extrañar que no sea de esas personas que esté pegada al móvil las 24 horas del día, más bien lo dejo en el bolso, pongo el volumen bajito, y lo miro muy de vez en cuando. Perdonad aquellos que me habéis llamado y no os he cogido enseguida.
Sin embargo, me encanta mandar correos con fotos, escribir largos mensajes, ser paciente cuando alguien me necesita y llamar cuando hay que hacerlo. De hecho ni siquiera cuelgo a los comerciales que te llaman un domingo a las diez de la mañana o los que, tras decirles que no te interesa algo, te preguntan: "¿Puedo saber los motivos señora "tal"? Pero me cuesta, lo reconozco.





