En este blog debería haber un espacio para el olor a la hierbita recién cortada, a las rosquillas de mi vecina Teresa, al de la primera vez que sacas un juguete de la caja, al de un libro recién comprado... Debería haber un lugar para visitar las tardes en casa de la abuela, a las mañanas en la piscina Conde comiendo trisquis de maíz con las manos mojadas... Un sitio para escuchar la risa y detener la tristeza. Sin embargo, de momento Internet no da para más, habrá que conformarse con estas tonterías.
Según el Feng Shui tener una tortuga en casa, aunque sea de plástico, da buena suerte ya que protege el hogar de las malas influencias (una tontería como cualquier otra), debe ser como lo que dice mi madre del San Pancracio: que da buena suerte encontrarse con uno. Yo pensaba lo mismo que vosotros: "¿cómo es posible encontarse con uno?" Pues a mí me pasó en un bar hace muchos años, vi un santito de plástico en el suelo y se lo regalé, y desde entonces mi progenitora lo tiene en su mesilla con una moneda de cinco duros metida por el brazo para que le dé salud, dinero y trabajo.
Hace unos días también me tropecé con algo insólito, concretamente con un galápago que, sorprendentemente, no estaba encima de una roca en el río, sino encima de una acera sin iluminar de mi barrio (qué cosa tan rara en San Roque...), supongo que según el Feng Shui eso debe haber multiplicado por dos mi buena suerte ¿no?. El caso que le dí una pequeña patadita sin querer, y me sonó a "cosa viva", me agaché a mirar y allí estaba, con la cabeza escondida muy tímida ella, pero más grande que un dinosaurio. ¿Qué iba a hacer? ¿La iba a dejar allí? Me la llevé a casa, y con esta ¡ya van tres las que tenemos! Esta es la más grande y más oscura con diferencia (debe ser viejita), las otras dos son adoptadas por diversas cuestiones.
Yo no sé en otros lugares, pero en Badajoz la gente no está concienciada con la pesca sin muerte (cosa que tampoco me gusta un pelo), en vez de llevarte los animales del río, una vez pescados lo suyo es devolverlos a su hábitat , además de no hacer tanto daño al animal, así se conserva mejor el medioambiente. Y si es una tortuga, pues lo menos apropiado desde luego es llevársela. Recuerdo un vecino mío, que le dio una temporada por coger carpas y truchas, y como luego no sabía que hacer con ellas, se los llevaba a mi padre, que como se los aceptó una vez por cortesía, pues después siempre que iba a pescar se los quería endiñar. Y yo me cogía unos cabreos... A mí me parece una aberración sacar a un animal así de su entorno, y menos por simple placer. Supongo que esta pobrecilla ya no sería capaz de sobrevivir sola después de tantos años ¿no?
De todos modos, menos mal que me encantan estos animales tan listos como lentos, pero pienso qué hubiera ocurrido si se hubiera encontrado con otra persona...
Me gustaría saber qué tipo de tortuga es ¿algún biólogo en la sala? Yo creo que es un Galápago Leproso (aunque suene mal tienen muy buen aspecto y salud ¿eh?)
Cuando yo tenía seis o siete años mi padre me llevó una vez a una corrida de toros. A él le gustaban mucho y le ilusionaba transmitir a su hijo esa afición. Se acordaba siempre de la tarde de agosto en que alguien bajó por la vereda de la huerta en la que trabajaba y le dijo llorando que un toro acababa de matar a Manolete, muy cerca, en la plaza de Linares. Manolete era para ellos un héroe y también una persona muy próxima. Más aún lo fue veinte años después otro matador de éxito más bien pasajero, Carnicerito de Úbeda. No sólo era de nuestra misma ciudad: su padre, de quien le venía el sobrenombre, tenía un puesto en el mercado justo enfrente del mío. De pronto ese niño al que mi padre había visto crecer era una figura del toreo que llenaba las plazas y aparecía a página entera en aquella revista taurina que se llamaba Dígame. Era, literalmente, uno de nosotros, e incluso los niños nos enorgullecíamos de que hubiera nacido en nuestra ciudad y celebrábamos su éxito. Algunas veces lo veíamos pasar en un Mercedes blanco.
Quién nos iba a vaticinar que todo aquello que nos repugnaba por pertenecer a los peores residuos del pasado regresaría convertido en modernidadLo que se celebra es lo más retrógrado, ahora convertido en 'cool'. Mentes selectas han decidido que las corridas de toros son alta culturaCon los años, la corrida a la que me había llevado mi padre sólo fue un recuerdo vago de aburrimiento y disgusto. Él, sin embargo, se acordaba muy bien, con esa buena memoria para las desilusiones y los agravios menores que tienen en común los padres y los hijos. Mi padre se acordaba de que a los pocos minutos de empezar la corrida yo ya estaba preguntándole cuánto quedaba para que terminara. "¿Por qué toro van ya?". Imaginaría, con razón, que mi desinterés en los toros era otro signo de mi discordia inexplicable hacia las cosas que a él más le gustaban, las que constituían su mundo, las que yo hubiera debido aprender de él como él las aprendió antes de su padre: el campo, los animales, la hermosa agitación del mercado de abastos, las canciones flamencas que sonaban siempre en la radio. Ése era el mundo de la gente trabajadora campesina: nuestros padres estaban seguros de pertenecer a él de la misma manera visceral en que muchos de nosotros queríamos abandonarlo. No era ni el paraíso que inventa luego la nostalgia ni la cultura inmemorial y a ser posible inalterada que tanto gusta a los antropólogos y a los fabricantes de raíces vernáculas: el mundo de los campesinos pobres españoles de los años cincuenta y sesenta era el paisaje de ruinas posterior a la Guerra Civil, y su apariencia de perduración el resultado de un retroceso traído por la victoria militar de las clases sociales más retrógradas y de sus aliados eclesiásticos.
En esa aspereza sin demasiados horizontes la afición a los toros deparaba a nuestros mayores una emoción estética y la ocasión de admirar el triunfo de alguien salido de su misma clase. Raramente advertirían la brutalidad de un espectáculo sanguinario quienes la experimentaban a diario en sus propias vidas. Nosotros, los hijos de aquella gente, crecimos en el mundo que ellos habían hecho posible con su trabajo sin recompensa, y fue precisamente lo que ellos nos dieron lo que alimentó nuestra vocación de lejanía. Porque nuestra vida era mejor y más ancha de posibilidades ya no nos gustaba lo mismo que a ellos. De muy niños nos habíamos retorcido de risa viendo correr delante de un novillo a los enanos de la troupe del Bombero Torero; incluso, aunque a veces se nos partiera el corazón de lástima, no nos habíamos rebelado contra el trato brutal que recibían los más indefensos, los tontos a los que perseguían a pedradas adolescentes feroces, los perros enganchados a los que alguna mala bestia separaba con una navaja.
En esa España chillona retrógrada que se nos volvía afortunadamente tan ajena estaban incluidos los toros, a veces sólo por razones estéticas, antes de que empezáramos a tener alguna sensibilidad hacia el sufrimiento de los animales. Los pasodobles, las monteras, los trajes de luces, la grosera simbología de la sangre, la arena, la cornamenta, la espada. Era la España negra: la de los lugares comunes baratos del turismo, la de la intelectualidad extranjera que fingía apreciar nuestro exotismo y al mismo tiempo nos miraba de arriba abajo, brutos domados por un dictador y tan prisioneros de sus pasiones y sus rituales que no podían entrar seriamente en el mundo moderno.
Creíamos que la libertad, al ventilarnos el país, iría despejando toda esa panoplia de espectros; que el ejemplo de nuestra democracia y la riqueza de nuestra mejor tradición ilustrada disiparían poco a poco en el mundo la fama negra de España. Quién nos iba a vaticinar que bien entrado el nuevo siglo todo aquello que nos repugnaba por pertenecer a los peores residuos del pasado regresaría convertido en modernidad, incluso en sofisticación. Una mezcla letal de ignorancia, penuria cívica y especulación urbana se ha llevado por delante muchos de nuestros paisajes más hermosos y destruido para siempre el legado de nuestra arquitectura popular: del pasado ahora lo único que queda, lo que se celebra, lo que se conmemora, es lo más retrógrado, ahora convertido en cool, elevado a la categoría inatacable de cultura autóctona, incluso de arte de vanguardia.
Puedo comprender que mi padre se conmoviera viendo una corrida de toros: ahora veo la foto de un torero en la primera página de los periódicos más serios, leo los ríos de prosa artístico-taurina que vuelven a derramarse, y siento vergüenza de mi país, y un aburrimiento sin límites. Ya sé que en España la defensa del trato digno hacia los animales merece el mismo escarnio que se reservaba hace un siglo para las sufragistas. ¿Realmente hay mucha nobleza en el espectáculo de atormentar a un animal y de acabar con él no en ese instante de arte supremo que tanta emoción provoca entre los intelectuales de mi época, sino, como suele ocurrir, después de una repulsiva sucesión de torpes estocadas? Mentes selectas han decidido que las corridas de toros son alta cultura: no deberá extrañarnos que fuera de nuestro país mucha gente siga pensando que toda nuestra cultura son las corridas de toros. Si yo fuera pintor español, incluso si fuera pintor español aficionado a los toros, me causaría cierta desolación que el único artista español digno de la atención del crítico estrella del New York Times sea el torero José Tomás. Leo también, desde lejos, que además de artista José Tomás es poeta. Y no puedo menos que pensar en la vieja tradición de literatos caprichosos dedicados a llenarle la cabeza de pájaros a algunos toreros que tal vez se dedicaron a ese oficio por la simple razón de que les ofrecía la posibilidad de no morirse de hambre. El Llanto por Ignacio Sánchez Mejías es un gran poema, desde luego. Pero no sé si compensa las toneladas de lirismo taurino tan pegajoso como pringue de chorizo que han vuelto a inundar los periódicos, justo cuando los toros, por fin, se van convirtiendo de verdad, para la mayor parte de la ciudadanía, en una penosa antigualla que sólo sobrevive gracias a la subvención, como cualquier otra de nuestras identidades ancestrales.
Artículo de Antonio Muñoz Molina (14 de junio de 2008). Fuente: El País
Yo hubiera hecho un montaje más realista, pero lo importante es el mensaje
Todos los años por estas fechas sucede la misma triste historia: llegan las ferias y fiestas de San Juan en Badajoz, fiestas que me gustarían mucho si no conllevaran la traidional y salvaje matanza de toros cada tarde, porque para mí eso significa esa fiesta. La plaza está muy cerca de mi casa, y se me encoge el corazón con cada aplauso que escucho, con cada aclamación del público... Odio esta fiesta y todo el negocio que se esconde detrás, y no puedo entender qué hay de divertido en ser espectador de una acto tan cruel. Así que si dicen que José Tomás es un ángel, creo que me llevaría mejor con cualquier demonio.
"La grandeza de una nación y su progreso moral pueden medirse por el trato que reciben sus animales". MAHATMA GANDHI.
Hace dos semanas tuvimos la oportunidad de visitar la catedral que don Justo Gallego lleva construyendo, en honor a la Vírgen del Pilar, desde hace más de 40 años, sin licencia de construcción, ni planos arquitectónicos, en su pueblo: Mejorada del Campo (Madrid), curiosamente en la calle Antonio Gaudí. Este albañil se hizo famoso hace unos años gracias al anuncio de Aquarius, cosas de la tele...
El edificio es grande (grandioso diría yo), por lo que ya a los lejos, desde la autopista, se puede divisar la cúpula de hierros azules, permitiendo al visitante hacerse una idea de lo que se va a encontrar en pocos minutos. Una vez delante de la catedral, nuestra sorpresa no había hecho más que comenzar. Desde luego no nos esperábamos algo tan elaborado, un edificio alucinante hecho de ladrillos deformados, hormigón, tubos de hierro, y material donado, manteniendo en pie lo que, durante años, ha levantado este hombre con gran tesón y fe, mucha fe.
Entramos con reticencia, como si estuviéramos invadiendo un sitio realmente sagrado, pero la puerta estaba abierta, y ya había gente en su interior observando, con una mezcla entre curiosidad, sorpresa e incredulidad, todo lo que abarcaba su mirada.
Justo no andaba por allí, pero es comprensible, es un hombre de más de 80 años, y aquel debe ser un sitio frío. Resulta duro pensar en una sola persona levantando esa mole día tras día, manteniendo viva la esperanza, aún sabiendo que es probable que no culmine su obra, o que incluso luego se derrumbe. Supongo que eso no lo tiene en cuenta Justo, me hubiera gustado hablar con él y preguntarle algunas cosas...
No puedo describir lo que vimos, en las fotos no sale, os lo puedo asegurar. Me parece increíble que sin estudios, sólo con los conocimientos que la albañilería, y unos libros sobre construcción de catedrales, le han podido dar, haya sido capaz de crear un edificio de tal magnitud y con tanto encanto, armonía, sustento...
Lo mejor es que vayáis y lo comprobéis por vosotros mismos.
Paseando por la Red a veces encuentro imágenes preciosas que uso para ilsutrar mis entradas. Siempre especifico la autoría de las mismas cuando encuentro el nombre del autor, pero en otras ocasiones me resulta imposible. Así es que si ves alguna imagen tuya o sabes de quién se trata házmelo saber por favor.